Amor entre fusiles

IBARRA. Matanzas.— Esa noche de sábado nadie pegó un ojo. La frialdad de la madrugada no era un obstáculo: estaba en juego la libertad de una Isla llena de ignominias. Amanecía el 24 de febrero de 1895.

Podría haber sido un día más de la amarga historia colonial, pero en los primeros días del mismo mes, en el vapor Mascotte (que unía Tampa con Cayo Hueso y La Habana), había viajado como pasajero Juan de Dios Barrios y traía consigo cinco tabacos, uno de ellos con manchas amarrillas.

Nadie podía imaginar que dentro de aquel puro se escondía una breve carta: «Orden oficial del Partido Revolucionario Cubano. Orden de Alzamiento. A todos los miembros dentro y fuera de la isla. El Delegado José Martí».

Nadie sabe cuánta emoción sintió Juan Gualberto Gómez, el hermano negro del Apóstol, al recibir tan comprometedora nota, que le podría costar la vida a más de un patriota. «Giros aceptados», fue el mensaje en clave que devolvió Gómez al principal inspirador de la Guerra Necesaria, quien debió sentir enorme satisfacción por una noticia de esa envergadura.

Enseguida, el periodista matancero contactó a otros patriotas y fue definido el 24 de ese mes como fecha para arrancar la contienda. La hermética vigilancia de la inteligencia militar de la metrópolis española había sido burlada de manera genial.

Muy cerca de la ciudad de Matanzas, en La Ignacia, en los alrededores del caserío de Ibarra, Antonio López Coloma y Juan Gualberto Gómez comandarían el alzamiento. La finca era del primero, quien con su novia Amparo Orbe del Valle habían ocultado cincuenta rifles y miles de municiones.

Este miércoles, en la finca La Ignacia, se recordará el alzamiento del 24 de febrero.

La historiografía aduce que no se presentaron todos los patriotas con que contaban ambos jefes y que quizás hubo delación, porque el grupo fue descubierto y dispersado. Ante la sorpresa, Coloma montó a Amparo en su caballo y galopó en busca de un lugar seguro, pero cayeron accidentalmente al suelo y el enemigo los capturó.

Fueron internados en el Castillo de San Severino, de la ciudad de Matanzas, junto a otros complotados, y posteriormente enviados a la Fortaleza San Carlos de La Cabaña, de La Habana, donde estuvieron casi dos años incomunicados en sus celdas.

A Coloma y Juan Gualberto un tribunal militar los había condenado a 20 años de presidio en la isla de Ceuta, pero inexplicablemente Coloma fue retenido más tiempo en Cuba, y a la llegada del Capitán General Valeriano Weyler, este dispuso la orden de fusilamiento para el joven patriota, ignominia que se concretó el 26 de noviembre de 1896 en los fosos del Castillo del Príncipe.

En cuanto a Amparo, el sicario dispuso su reclusión en la Casa de Recogidas, pero pocos minutos antes del fusilamiento les permitieron casarse. Tras la breve ceremonia hubo silencio, lágrimas y algunos sollozos mientras Amparo era conducida fuera de la fortaleza y Coloma marchaba hacia el cadalso.

El joven de 35 años bajaba suavemente las escaleras hacia el Foso de los Laureles, con la frente erguida. El silencio se multiplicaba entre los muros y casi ni los pasos se sentían. Solo los últimos ajetreos de los fusiles.

Coloma debe haber respirado hondamente. Sabía que su esposa andaba cerca y sentiría los abominables disparos. Ya ante el pelotón de fusilamiento pensaría en cuánto hubiera podido hacer por la independencia de la patria antes de enfrentarse a la muerte, o tal vez en el día que conoció a la muchacha de 17 años, el amor de su vida, con quien compartió sus ansías de libertad para Cuba.

Volvió a tomar aire. Todavía Amparo caminaba lentamente, alejándose a su pesar. «¡Viva Cuba Libre!», fue el grito que se apoderó de aquellos fosos y estremeció el corazón de su amada. Como en aquella fría madrugada de febrero, cuando no tuvo miedo de ser la única mujer involucrada en el alzamiento.

Habían pasado un año, nueve meses y dos días, y en toda Cuba se combatía aún por la libertad, por la vida, por el amor que trasciende todos los sacrificios.

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Author: Hugo García