El amanecer del fuego

Al amanecer del 26 de julio de 1953, al comandante Rafael Morales Sánchez su mujer lo despertó con rapidez. Morales era el inspector del regimiento Antonio Maceo, acantonado en el cuartel Moncada, de Santiago de Cuba.

«Se oyen tiros», avisó agitada. Desde la cama, el militar escuchó soñoliento. Pensó que eran los voladores de los chinos. «A ellos les gustan esas cosas, hacer mucha bulla, no te preocupes», dijo. Ella insistió: «Fíjate bien, porque parecen disparos de ametralladoras». Morales Sánchez permaneció tranquilo unos segundos. A lo lejos, en medio de las explosiones, se oyó el largo tableteo de una ametralladora calibre 30.

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El 25 de julio de 1953, a las 7:00 p.m., René Miguel Renato Guitart Rosell bajó de su cuarto y le dijo al padre: «Oye, viejuco, no me esperes esta noche a dormir porque me voy a los carnavales». «Ten cuidado —advirtió el viejo René Guitart—. Recuerda, los carnavales están calientes de verdad. Han dado puñaladas y todo». «No —respondió el hijo—. Tú sabes que yo no ando con esa gente».

Antes de salir, Renato se detuvo un momento en la puerta. Miró un rato a sus hermanos, también observó a su padre mucho tiempo, demasiado, como nunca antes lo había hecho. Besó a los hermanos y salió. Horas más tarde, en la cama, el viejo René Guitart pensaba: «Coño, ¡qué raro me miró Renatico!».

Antes de salir de su casa, Renato Guitart miró a su padre por última vez en un largo rato. Foto: Archivo de JR

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El comandante Rafael Morales Sánchez pasó conduciendo un jeep frente al Hospital Civil. Al ver a unos militares, frenó para saber qué ocurría y al momento sintió el golpe de las balas contra el capó. En un gesto instintivo, se pegó al timón y apretó el acelerador. «Coño —pensó—, ¿por qué me tiran si yo me llevo bien con los guardias?».

Al llegar a la jefatura del cuartel Moncada se encontró con el coronel Chaviano, el jefe del Regimiento. Estaba acostado en el piso con la espalda contra la pared y un buró delante. En ese momento pedía refuerzos a La Habana. Miró jadeando a Morales Sánchez y dijo: «Hágase cargo de la defensa del cuartel». El comandante se asombró. Él no tenía mando sobre las tropas, y en caso de algún ataque la defensa de cuartel era responsabilidad del comandante Andrés Pérez Chaumont.

Sin embargo, Morales no podía hacer nada. Minutos antes, Pérez Chaumont había llamado desde su casa en la playa. «No puedo ir —gritó por teléfono—. Estoy rodeado de rebeldes».

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A las 6:00 a.m., después de recorrer la ciudad, el padre de Renato Guitart sintió unos pasos a sus espaldas. Era Otto Parellada, un amigo de su hijo. «¿Dónde está Renatico?», preguntó. «No sé», respondió el viejo. Otto se echó a llorar. Dijo que lo que estaba pasando no era una pelea entre los guardias: «Los revolucionarios han asaltado el Moncada —explicó—. Renato está en el Moncada y se ha burlado de mí. Él prometió llevarme al tiro gordo».

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Después de los combates, el comandante de la policía José Izquierdo Rodríguez, condujo una columna de prisioneros hasta el cuartel. Había acabado de discutir con un oficial y un soldado que había golpeado a un asaltante. Entre los detenidos iba el doctor Mario Muñoz Monroy. Le habían dado un culatazo y caminaba con dificultad.

Al llegar al Club de Oficiales, Izquierdo indicó al comandante Asa que se hiciera cargo del médico mientras él seguía con los detenidos. «Vigile que no le pase nada», indicó. Al llegar al último piso escuchó un disparo. «Algo ha pasado», pensó. Habían matado al doctor Muñoz Monroy.

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«En esos días pasaron cosas muy extrañas —contó el teniente Zenén Caravia Carrey, fotógrafo del Regimiento.—. Resulta que aparecían nuevos muertos en lugares que no estaban antes, y yo retraté un mismo muerto en lugares distintos cada vez. Me encontré con un herido en una pierna, estaba como azorado, sentado en el suelo, y con traje militar y galones de sargento. Enseguida le hice una fotografía. Tiempo después supe su nombre: José Luis Tasende».

A José Luis Tassende lo retrataron lleno de sangre y recostado a una pared; después apareció muerto. Foto: Archivo de JR

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Al día siguiente había más de 3 000 personas en la Catedral. Del templo, el padre de Renato Guitart se dirigió al cementerio. Una compañía de soldados tenía cercado el lugar. El viejo René se dirigió al jefe: «Teniente, ¿no me deja pasar? ¿Yo no puedo estar un rato con mi hijo, rezar por él?». El oficial lo dejó y a la vista de todos, lentamente, casi en un aliento, el viejo empezó a poner flores en cada una de las tumbas de los caídos.

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Años después, tratando de soportar los dolores del recuerdo, Haydée Santamaría Cuadrado recordó el momento final de los preparativos: «Aquella noche fue la noche de la vida, porque queríamos ver, sentir, mirar todo lo que ya tal vez nunca más miraríamos, ni sentiríamos, ni veríamos. Todo se hace más hermoso cuando se piensa que después no se va a tener. Salíamos al patio, y la luna era más grande y más brillante; las estrellas eran más grandes, más relucientes; las palmas, más altas y más verdes».

 

Fuentes consultadas:

  • Cintio Vitier: Ese sol del mundo moral. Centro de Estudios Martianos, La Habana, p. 183.
  • Ernesto González Bermejo y Norberto Fuentes: La otra cara del Moncada. Revista Cuba, julio 1968, pp. 3-15.
  • «Viejo, no me esperes esta noche, voy a los carnavales». Revista Cuba, julio 1967, pp. 3-10.

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Author: Luis Raúl Vázquez Muñoz

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