El ingenioso hidalgo de un pueblo andante

No fue solo su hermano indio Oswaldo Guayasamín —el
ecuatoriano amoroso que plasmó en cuatro cuadros a esa especie de Quijote antillano de manos crecidas como ríos de los Andes— quien se interesó en pintarlo. A Fidel, el líder que nunca aprendió a posar, lo retrataron, aun en el pensamiento, millones de artistas «prácticos» que sabían que el caballero de Birán cabalga siempre, tumbando molinos, en un lugar de… la historia de cuyo nombre vale acordarse.

Con paleta de palabras, Eduardo Galeano asentó en el óleo de una cuartilla «…que su contagiosa energía fue decisiva para convertir una colonia en patria y que no fue por hechizo de mandinga ni por milagro de Dios que esa nueva patria pudo sobrevivir a diez presidentes de Estados Unidos, que tenían puesta la servilleta para almorzarla con cuchillo y tenedor».

Sus enemigos no dicen —decía el gran retratista uruguayo— «…que esa hazaña fue obra del sacrificio de su pueblo, pero también fue obra de la tozuda voluntad y el anticuado sentido del honor de este caballero que siempre se batió por los perdedores, como aquel famoso colega suyo de los campos de Castilla».

Fidel mismo revelaría a la periodista Katiuska Blanco: «Quijote significa un poco lo que hemos sido todos. Lo que hemos sido nosotros como pueblo, y nos emociona y enorgullece la idea de ser Quijotes».

Sus valores, rayanos en los de los viejos libros de caballería, impresionaron desde el primer momento a Ignacio Ramonet, quien al comienzo de largas sesiones de diálogo descubrió «…a un Fidel íntimo. Casi tímido. Muy educado. Escuchando con atención a cada interlocutor. Siempre atento a los demás, y en particular a sus colaboradores. Nunca le oí una palabra más alta que la otra. Nunca una orden. Con modales y gestos de una cortesía de antaño. Todo un caballero. Con un alto sentido del pundonor. Pocos hombres conocieron
la gloria de entrar vivos en la leyenda y en la historia».

La leyenda y la historia fueron meros senderos en su oficina y su andar, de modo que no asombra que después del 25 de noviembre de 2016 nuestro lucidísimo Fernando Martínez Heredia advirtiera: «En esos días del duelo, Fidel libró su primera batalla póstuma y la ganó».

En efecto, había muerto Alonso Quijano, pero el Quijote seguía desfaciendo entuertos.

Como su par castellano, nues-
tro héroe sabía de memoria las hazañas de un hidalgo paradigmático anterior, leído con ardor, un campeador criollo, pequeño solo de cuerpo, que tenía en las raíces adarga valenciana y espada canaria. Tanto impresionaron los hechos de José Martí a Fidel Castro que, en marzo de 1949, cuando abyectos marines profanaron la estatua del Maestro en el Parque Central de La Habana, el joven oriental fue uno de los líderes de la protesta frente a la Embajada yanqui.

«Es, el Apóstol, el guía de mi vida», diría seis años después. Para entonces, había asaltado el Moncada. A los carceleros les preocupaba que el reo leyera a Martí, pero él ya traía sus doctrinas en el corazón, así que la palabra del Héroe de Dos Ríos apareció más de 40 veces en La historia me absolverá, ese programa con el que, asumiendo actos propios, defendió a todos los cubanos.

Los «cuadros» caballerescos de Fidel no cesaron jamás. Salvador Allende lo llamó «Comandante de la esperanza latinoamericana» y Juan Bosch afirmó que era «…una inmensidad histórica».

Compartió con Cuba hasta sus enemigos, que nunca le quisieron porque nunca nos querrán. Cuando aún estaba fresco en las calles habaneras el tropel de huellas de la Caravana de la Victoria y Estados Unidos desataba una feroz campaña de prensa sobre un supuesto baño de sangre, Fidel convocó la Operación Verdad, pero un día antes de hablar con los casi 400 periodistas extranjeros en el hotel Habana Riviera reunió a más de un millón de cubanos, frente al entonces Palacio Presidencial: «Los que creyeron que después de nuestras
victorias militares nos iban a aplastar en el campo de la información, en el campo de la opinión pública, se han encontrado con que la Revolución Cubana sabe también pelear y ganar batallas en ese campo», les dijo en una frase que parece de este 15 de noviembre.

En plena puja de des/información sobre su patria nuestra, vale recordarlo: el 27 de marzo de 1990 la transmisión invasora de tele (anti) Martí duró apenas diez minutos porque técnicos cubanos, martianos de veras, lograron desarbolarla como a un vetusto molino de La Mancha. A poco, Fidel compartiría su conclusión: «Una vez más, esta es la guerra entre David y Goliat. Una guerra electrónica. Y, ahora bien, ¿por qué fue derrotado Goliat? ¡Por bruto!».

Nuestro hidalgo de yelmo verde olivo no fue frenado por los 638 planes de desbocar su caballo. Los yanquis querían matar, con él, mucho más que a un hombre. Wayne Smith,
exjefe de la sección de intereses de Estados Unidos en La Habana, reconoció que: «Muchos líderes políticos nuestros han creído que Cuba tiene que ser parte de nuestro territorio, o que allá se debe hacer lo que nosotros queramos. Y si no hubiera sido por Castro seguramente sería así. Castro se convirtió en un entrometido que nos desafió y se burló de nosotros. Y esto le crispa los nervios a una superpotencia».

La perpetua crispación del águila no empañó el chorro de luz de Fidel, que a mediados de 1989 pudo ver, antes que nadie, la desintegración de la Unión Soviética. «¡Aun en esas circunstancias, Cuba y la Revolución Cubana seguirían luchando y seguirían resistiendo!», aseguró en Camagüey. En efecto, la URSS cayó y Washington pedía a Moscú una complicidad en el bloqueo que por fin derribara al país que los propios soviéticos habían bautizado como la Isla de la Libertad.

Por esos tiempos, presuntos amigos de Cuba, «preocupados» por la posibilidad de una Numancia en el Caribe, le decían que la estrategia no podía ser la resistencia. Fidel replicó: «Si la fórmula no era la de la resistencia, entonces era la de las concesiones…». Y recordó Baraguá.

El Quijote de los pueblos sabía un par de cosas sobre la resistencia. El 8 de enero de 1959, a su llegada a La Habana, había plantado un dique a los triunfalismos con una estremecedora verdad: «No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil: quizá en lo adelante todo sea más difícil». Eso, con él al frente, vigoroso. ¿Cómo será seguirle ahora que estamos delante de su «adelante», con un lustro de vacío físico? Duro en extremo, pero imprescindible a Cuba.

La piedra en Santa Ifigenia es manantial de coraje. Cada cubano debería pasar por allí a beber un poco de esa agua ardiente con la que en mayo de 2004, frente a una de tantas bravuconerías, Fidel respondería a George W. Bush: «Puesto que usted ha decidido que nuestra suerte está echada, tengo el placer de despedirme como los gladiadores romanos que iban a combatir en el circo: “¡Salve, César, los que van a morir te saludan!”. Solo lamento que no podría siquiera verle la cara, porque en ese caso usted estaría a miles de kilómetros de distancia y yo estaré en la primera línea para morir combatiendo en defensa de mi patria».

Era el Quijote sin miedo, sin armadura antibalas, con un haz de compatriotas como escudero mejor. Frei Betto ha comentado por qué, después del intento indirecto en Girón, la Casa Blanca no invadió Cuba: «En los otros países, los Estados Unidos derribaron gobiernos. En Cuba, como en Vietnam, habrían tenido que lograr lo imposible: derribar a un pueblo. Y a un pueblo no se le derrota».

No, un pueblo andante no cae, aunque le cerquen torvos molinos y a veces su galopar se escuche a capella. Hace 39 años, a la muerte de Leonid Brezhnev, su sucesor Yuri Andrópov avisó a Fidel de que, si los yanquis atacaban, la Unión Soviética no nos apoyaría. Dicen que nuestro hidalgo preguntó si Moscú podía suministrar gratuitamente las armas, como hasta entonces. Cuando Andrópov respondió que sí, Fidel hizo apenas un comentario: «No se preocupe; envíenos las armas, que de los invasores nos ocupamos nosotros».

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Author: Enrique Milanés León

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