El macrofuturo de un microbiólogo

LAS TUNAS.— Cuando terminé de conversar con Emilio Ernesto Fontecilla González, una súbita premonición se instaló en mi pensamiento: «Este chico llegará lejos». La conjetura no me pareció aventurada. Por instinto, solemos percibir cuándo las neuronas de alguien superan el nivel promedio. Y este muchacho, con solo un par de años de graduado en Microbiología en la Universidad de La Habana, diserta sobre la profesión como si fuera todo un experto. Así, explica, esclarece, precisa, emplea terminología… En el laboratorio tunero de Biología Molecular demuestra ese talento.

—¿Cómo te enrolaste en esta carrera tan especializada?

—Tuve influencias de mi madre, microbióloga de profesión. Desde pequeño la acompañaba al laboratorio y la observaba trabajar con sus instrumentales. De esa manera me fui relacionando con el perfil. Se comprende entonces que pidiera la carrera de Microbiología en primera opción cuando terminé mis estudios preuniversitarios. Finalmente me llegó, y, luego de cumplir el Servicio Militar Activo en la Brigada de la Frontera, en Guantánamo, matriculé en la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana.

«Fueron cinco cursos intensos y provechosos, con profesores altamente calificados, algunos procedentes del Instituto de Medicina Tropical Pedro Kourí (IPK), un centro científico de referencia mundial. En sus locales recibí conferencias sobre temas diversos, tales como hongos y virus herpes. También una materia optativa llamada Virus y cáncer.

«Así fue como comencé a interesarme por el estudio de los virus, una de las ramas de la microbiología. Tanto fue así que desde el tercer año de la carrera hice mis prácticas laborales en el departamento de Virología Animal del Censa —Centro Nacional de Sanidad Agropecuaria—, en Mayabeque. Allí amplié mis conocimientos sobre Biología Molecular».

—¿Qué rumbo tomaste después de graduarte en 2019?

—Me ubicaron como profesor en adiestramiento en la Universidad de Ciencias Médicas Zoilo Marinello, de Las Tunas. Les impartí clases a estudiantes de Estomatología, Medicina, Bioanálisis clínico… Muchos se sorprendían de que alguien tan joven ejerciera la docencia a ese nivel. Pero otros decían que, por mi seriedad, yo parecía mayor.

«En abril de 2020, la rectora de la institución convocó a una reunión a los microbiólogos y bioquímicos. Ya la pandemia COVID-19 empezaba a hacer de las suyas en Cuba. Nos preguntó que si nos parecía factible la idea de crear en la provincia un laboratorio de Biología Molecular que ayudara a procesar muestras a los que ya existían entonces en el país. Dijimos que sí y nos ofrecimos para colaborar.

«Tiempo después, a instancias del Centro Provincial de Higiene, Epidemiología y Microbiología, viajé a Holguín, a prepararme en el laboratorio de esa ciudad, que ya llevaba algunos meses en activo. Fueron dos semanas donde aprendí mucho con sus especialistas, todos muy bien preparados. Allí nos adiestramos en los montajes de las muestras y en las lecturas de amplificación, una técnica basada en la Genética Molecular, que permite identificar el tipo de virus con el empleo conjunto de los equipos de PCR».

—Y al regreso, fuiste directo para el laboratorio tunero…

—Sí, la inauguración de nuestro laboratorio fue el 10 de abril. Recuerdo que me encomendaron hablar en nombre del colectivo, por ser su trabajador más joven. Un experto del IPK permaneció junto a nosotros una semana en calidad de asesor. Cuando recibimos la certificación, comenzamos a procesar muestras. Inicialmente, los diagnósticos positivos los mandábamos a confirmar a Ciego de Ávila y al IPK. Ya ganamos en experiencia y ahora corre por nuestra cuenta.

«Este laboratorio tiene tecnología digital de última generación y capacidad para procesar alrededor de 500 muestras diarias. Desde su apertura hemos analizado más de 40 000. Lamentablemente, en la última etapa las positivas se han incrementado con creces. Entre las causas están las indisciplinas sanitarias por parte de la población. ¡No hay percepción de riesgo, y menos de peligro! Como seres humanos que somos, esa insensatez no deja de preocuparnos».

—Explícame cómo es el proceso de análisis de las muestras.

—Primero se asientan en una base de datos, con información sobre los síntomas de sus dueños, si son sospechosos o si son contactos, si sus diagnósticos positivos proceden de tiras rápidas… Las que estén completas se montan en dos bloques —de 16 capacidades cada uno— para que el extractor y purificador de ARN (Ácido Ribonucleico) y el SLAN, equipo que procesa los PCR (Reacción en Cadena de la Polimerasa), junto con una mezcla agregada, realicen su trabajo.

«Los kits de detección de PCR en tiempo real que se utilizan en los laboratorios cubanos son importados y carísimos en el mercado internacional. Por eso es necesario que tengamos un kit diagnóstico de antígenos hecho en nuestro país. Con eso el país sustituiría importaciones. Científicos del Centro de Inmunoensayo trabajan intensamente en su obtención.

«Por cierto, el coronavirus, como grupo, no es uno nuevo. Sí lo es el SARS-CoV-2, una de sus especies. Dentro de una misma especie puede haber varias cepas y variantes, que se identifican con técnicas altamente especializadas. Lo de coronavirus le viene por una coronita que lo caracteriza cuando se observa a través de la microscopia electrónica».

—¿Nunca te atemoriza la posibilidad de un contagio?

—El miedo es consustancial a cualquier persona, pero se puede controlar. Si el microbiólogo llega al laboratorio con incertidumbres o vacilaciones, puede que no se sienta cómodo en su labor y hasta provocar que cometa errores. Es preciso tener la mente clara, confianza plena en su capacidad y cumplir las normas de protección.

«Por la naturaleza de su perfil, la microbiología es muy riesgosa, pero existen medios para que nos mantengamos a buen recaudo. Los laboratorios certificados cumplen con estándares que resguardan a su personal y evitan que las muestras se contaminen. Tenemos filtros, escafandra, batas sanitarias, guantes, gorros… Nos codeamos con el peligro, pero si cumplimos los protocolos, no hay problemas».

—¿Cómo es una jornada laboral tuya en el laboratorio?

—¡Muy intensa! Trabajamos 24 horas consecutivas, con solo interrupciones para bañarnos y comer. Durante ese tiempo debemos permanecer dentro del laboratorio, procesando las muestras. Luego descansamos 72 horas. Yo las aprovecho para descansar y relajarme, pues nuestro trabajo genera mucho estrés. A pesar de eso, me encanta mi especialidad.

«Con el traje de protección parecemos cosmonautas», bromea Emilio.

«Respecto a mi actualización profesional, siempre que puedo lo hago por internet. Hay sitios excelentes que recogen las últimas novedades de la profesión y se necesita estar al día. Sobre mis preferencias, no salgo mucho, y menos ahora que hay pandemia. Me gustan las redes sociales, aunque no me obsesionan al punto de ocupar todo mi tiempo libre.

«Si de información de actualidad se trata, entro mucho a Cubadebate. Figura entre lo mejor de nuestro periodismo. También veo series y películas. O leo un buen libro… Cuando el panorama epidemiológico mejore, seguiré estudiando. Tal vez comience una maestría y luego un doctorado. Soy joven y dispongo de tiempo. Pero, por ahora, eso no es posible».

—¿Qué rol desempeñan los jóvenes en tu laboratorio?

—Un rol importantísimo. Nuestro equipo es mayoritariamente joven y además muy competente. Pero no es solo eso: varios tuneros estudian esta carrera en la Universidad y han manifestado su plena disposición para integrarse a nuestro trabajo, incluso en sus períodos de vacaciones. Con ellos, la microbiología tiene asegurado un macrofuturo».

 

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Author: Juan Morales Agüero

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